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Mensaje  Salomon el Lun Jun 13, 2011 7:05 pm


Saludos ¡ -- dijo Salomón al entrar en la sala, dirigiéndose al grupo de personas que se arremolinaban afanosos en torno a la larga pared de la posada, donde se hallaba la fila cofres en la que la mayoría guardaba sus pertenencias.

Se encaminó con paso rápido al suyo, pero ya antes de llegar, al menos tres de aquellos había dicho su nombre, unos con prisas, como si de antemano intuyese que iba a desatarse una tormenta, otros con alegría, más o menos como si una fuente de agua limpia y clara se le apareciese en pleno desierto, veía en el recién llegado su fuente particular de monedas, otros se acercaban ya con las piezas en la mano, intentando ser el primero en conseguir la atención del herrero, era el recibimiento habitual, nada de particular en el día a día de Salomón, que con su paciencia y su permanente sonrisa, se enfrentaba a la tarea poniendo todo su empeño en que el trabajo fuera lo más rápido posible, y en dar a cada cliente la atención personal que tanto le gustaba.

Bien, dijo, veamos, de uno en uno por favor

Levantó la vista del cofre de donde había cogido un poco de hierro para las reparaciones, rebuscó en la mochila que le acompañaba como si de un tercer brazo se tratase, y sacando el martillo empezó a recoger las bolsas con las piezas que le iban pasando, algunas pesaban tanto que no le quedaba más remedio que meterlas en el cofre para, desde allí ir reparando con paciencia, las piezas más ligeras primero y las más pesadas al final, las miraba con ojo experto, un golpe aquí... una limadura por allí....algo de pulido mas allá...

Uf, esto está de pena....qué manía ¡No sé porqué esperáis tanto para repasar las piezas Señor.....Os va a salir cara la reparación, necesito ir a la forja, con los golpes no solo estoy molestando a Derek, este sitio no es lugar para armar tanta bulla.

Acto seguido y sin más aspavientos, cogía una mochila algo de material, su martillo y ale ¡paseíllo hasta la forja!, como se acordaba de Tania cuando al ver la ubicación que habían dado a la forja comento con ironía, ¡os lo van a agradecer mucho los mineros el sitio!, no digo nada los herreros, que además tenemos que acarrear materiales para la fabricación, con resignación pensó en su caballo, al menos le llevaría la carga.

Se encontró con más gente que como de costumbre circulaban por la calle, yendo y viniendo de las tiendas, haciendo sus compras, vendiendo sus materiales, una actividad incesante que alegraba su espíritu, la ciudad empezaba a prosperar, el dinero estaba circulando bien, la gente tenias cubiertas sus necesidades, al menos en lo más necesario, pronto y con algo más de esfuerzo estarían terminadas la calderería y la torre de brujería, con lo que empezaríamos a pensar en la próxima construcción.

Por el camino, que era a veces largo para el peso que arrastraba, fue mirando con orgullo lo que con su esfuerzo y ayuda se había conseguido, aun conservaba en su retina la imagen de aquellos campos vacios, la única construcción era la Torre Blanca, que hacía las veces de refugio, posada, templo, sala de reuniones, incluso de caballeriza.

El día que llego a la ciudad, su viaje le pareció más un abandono que una liberación, al llegar le recibió en el templo Bryan con su terrible almádena al hombro, adusto y seco, le puso al corriente de la situación y herido como estaba le mando a descansar.

Cuando una vez despierto pudo dar una vuelta por la zona, un breve reconocimiento le dio idea de la situación bastante desesperada en la que estaban, no había nada en aquel sitio, y para colmo tampoco había podido traerse más que unas pocas cosas con sus herramientas, y sus cofres de Rostow llenos de material, comida, ropas, y todo aquello que con su esfuerzo había ido recopilando, ganas le dieron de echar a correr a por ello, claro que mal iba sin sitio donde dejar ni una antorcha, solo lo que pudiese llevar encima, ¡qué tiempos aquellos!

¡Vamos Salomón! Que como sigas divagando no llegas a la herrería, arreando que hay prisa, con más cosas encima de las que puedes llevar y te entretienes mirando el paisaje.

Sonrió, dijo unas cuantas veces ¡saludos! Y por fin llego a la fragua, justo a tiempo para despedirse de Daenerys que lo mismo que él, se afanaba por hacer su trabajo.
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